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Opinión

Colaboración Especial
¿Cambiará la IA a las agencias de viajes tradicionales o se adaptarán a este nuevo ritmo?

Publicado

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Mario López Sánchez

A lo largo de los años, el turismo ha sido una industria en constante transformación. Desde el manejo manual de reservas hasta la llegada de las computadoras, el ritmo de trabajo en agencias de viajes, hoteles, aerolíneas y empresas vinculadas al sector ha evolucionado de forma continua.

En distintos momentos se ha pronosticado la desaparición de las agencias de viajes. Algunas, es cierto, dejaron de operar; sin embargo, muchas otras surgieron y se fortalecieron, confirmando que el trato personal no puede ser sustituido por la frialdad de una máquina. Hoy, con la llegada de la inteligencia artificial, los cambios vuelven a ser profundos y silenciosos, pero muy reales, especialmente en una de las industrias más sensibles a la innovación tecnológica: el turismo.

Lo que antes implicaba visitar una agencia, largas pláticas y múltiples comparaciones, hoy puede resolverse en minutos desde un teléfono móvil. Algoritmos capaces de sugerir destinos, optimizar rutas y ajustar presupuestos en tiempo real han transformado radicalmente la forma de viajar. Pero no la experiencia ni el calor humano.

Este nuevo escenario ha colocado nuevamente a las agencias de viajes en el centro de la conversación. Durante décadas, su papel fue el de intermediarias expertas entre viajeros, aerolíneas, hoteles y operadores. Su valor residía en el acceso a la información y en la capacidad de organizar viajes complejos. Hoy, ese monopolio informativo se ha diluido. La inteligencia artificial ha democratizado el conocimiento y ha dejado al descubierto una verdad incómoda: vender boletos y cobrar por la expedición ya no es suficiente.

La IA no está destruyendo a las agencias de viajes; está eliminando prácticas obsoletas. El turismo ha entrado en una etapa de hiperpersonalización, donde el viajero ya no busca paquetes genéricos, sino experiencias que reflejen su identidad, sus valores y sus emociones. La tecnología tiene un límite claro: puede procesar datos, pero no interpretar sueños.

Ahí surge la gran oportunidad. Las agencias que estén dispuestas a reinventarse pueden convertirse en verdaderos consultores de viaje, cobrar por asesoría profesional y diseñar experiencias a la medida. El viajero del futuro pagará menos por una reserva y más por criterio, acompañamiento y tranquilidad.

La especialización será otro factor decisivo. Las agencias generalistas compiten directamente con sistemas automáticos globales; en cambio, las agencias expertas elevan su valor al enfocarse en nichos como el turismo de lujo, los viajes corporativos, el turismo médico, las aventuras personalizadas o las experiencias culturales profundas. En estos segmentos, la intervención humana sigue siendo insustituible.

También cambiará la relación con el cliente. Cuando un vuelo se cancela, una conexión se pierde o surge una emergencia, el viajero no quiere hablar con un chatbot. Quiere a una persona que entienda el contexto, actúe con criterio y ponga al servicio del cliente la experiencia acumulada durante años para rediseñar el viaje en tiempo real.

A todo esto se suma un factor clave: la sostenibilidad. La inteligencia artificial permitirá gestionar flujos turísticos y reducir impactos ambientales, pero serán las agencias las que orienten al viajero hacia decisiones responsables, destinos auténticos y experiencias con sentido. El mercado seguirá saturado de opciones, pero lo genuino, el conocimiento y el valor humano seguirán marcando la diferencia.

El turismo del futuro será más tecnológico, más eficiente, más personalizado… y también más humanista.

Las agencias que comprendan esta transformación no desaparecerán: evolucionarán.

Con mis saludos de siempre.

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