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Opinión

Colaboración especial
Cuando el combustible dicta el rumbo del turismo

Publicado

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Mario López Sánchez

Hay factores visibles que moldean el turismo, como suelen ser las promociones, tendencias y redes sociales, y otros factores silenciosos que lo determinan todo.

El precio de la turbosina pertenece a esta segunda categoría: discreto para el viajero, pero decisivo para la industria.

Cada vez que el tablero geopolítico se tensiona en Medio Oriente o en cualquier parte del mundo, el turismo global resiente una sacudida, no por la distancia, sino por la dependencia. Porque el combustible conecta destinos, pero también genera vulnerabilidades.

Cuando hay un encarecimiento de la turbosina, no es solo un dato técnico: es una señal de alerta. Para las aerolíneas, implica operar con márgenes más estrechos. Para los viajeros, representa la diferencia entre viajar o posponer.

En este escenario, las aerolíneas no tienen muchas opciones. Absorber el costo significa perder rentabilidad.

Trasladarlo al pasajero implica arriesgar la demanda. Reducir rutas, por su parte, erosiona la conectividad y sus alianzas.

El resultado final es un delicado equilibrio que rara vez favorece al turismo. Cuando volar se encarece, viajar deja de ser una decisión impulsiva y se convierte en un cálculo.

Y en ese cálculo, los destinos compiten en condiciones desiguales: los lugares más lejanos se vuelven más costosos, más prescindibles. Los destinos de proximidad pueden ganar terreno.

Para países como México, este tipo de situaciones crea una dinámica y abre una doble lectura.

Por un lado, puede fortalecer el turismo regional y de corta distancia, con promociones que incentiven al viajero a vacacionar.

Por otro, pone presión sobre la llegada de visitantes de mercados lejanos. La industria, sin embargo, no es estática; afortunadamente, siempre está buscando nuevas opciones.

Ante cada crisis energética, surgen ajustes e innovaciones: aviones más eficientes, rutas optimizadas, estrategias más precisas. Pero hay una realidad difícil de esquivar: el turismo depende del combustible. Y mientras esa dependencia persista, seguirá siendo vulnerable a factores externos.

Quizá el verdadero desafío no sea solo resistir estos ciclos, sino repensar el modelo apropiado para enfrentar eventualidades como esta.

Un turismo menos volátil, más sostenible y menos expuesto a problemas energéticos. Porque cuando el combustible dicta el rumbo, el turismo pierde autonomía.

Y en un mundo que busca moverse más, depender menos se vuelve la ruta más inteligente.

¿Será posible lograr salir de esta dependencia energética?

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